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Breve y en lunes

El pasado 24 de octubre (2016) Nasrudín fue el protagonista de esta sección con “El pato de Nasrudín“. Proponemos ahora la lectura de este breve relato de la tradición Sufí que Mariano Lasheras sacó de su Maleta de cuentos el pasado sábado 6 de mayo en el Encuentro de Leer juntos que se celebró en Teruel.

Présteme su burro

Un vecino de Nasrudín fue a visitarlo.

– Mulá, necesito que me preste su burro.
– Lo lamento – dijo el Mulá – pero ya lo he prestado.

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Breve y en lunes

Un cuento dentro del cuento. Quim Monzó hace con este relato un ejercicio de metaliteratura, con economía de lenguaje pero con gran efecto dramático.

EL CUENTO

A media tarde el hombre se sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial le sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.

Llena una página, saca la hoja del carro de la máquina y la deja a un lado, con la cara en blanco hacia arriba. A esta primera hoja agrega otra, y luego otra. De vez en cuando relee lo que ha escrito, tacha palabras, cambia el orden de otras dentro de las frases, elimina párrafos, tira hojas enteras a la papelera. De golpe retira la máquina, coge la pila de hojas escritas, la vuelve del derecho y con un bolígrafo tacha, cambia, añade, suprime. Coloca la pila de hojas corregidas a la derecha, vuelve a acercarse la máquina y reescribe la historia de principio a fin. Una vez ha acabado, vuelve a corregirla a mano y a reescribirla a máquina. Ya entrada la noche la relee por enésima vez. Es un cuento. Le gusta mucho. Tanto, que llora de alegría. Es feliz. Tal vez sea el mejor cuento que ha escrito nunca. Le parece casi perfecto. Casi, porque le falta el título. Cuando encuentre el título adecuado será un cuento inmejorable. Medita qué título ponerle. Se le ocurre uno. Lo escribe en una hoja, a ver qué le parece. No acaba de funcionar. Bien mirado, no funciona en absoluto. Lo tacha. Piensa otro. Cuando lo relee también lo tacha.

Todos los títulos que se le ocurren le destrozan el cuento: o son obvios o hacen caer la historia en un surrealismo que rompe la sencillez. O bien son insensateces que lo echan a perder. Por un momento piensa en ponerle Sin Título, pero eso lo estropea todavía más. Piensa también en la posibilidad de realmente no ponerle título, y dejar en blanco el espacio que se le reserva. Pero esta solución es la peor de todas: tal vez haya algún cuento que no necesite título, pero no es éste; éste necesita uno muy preciso: el título que, de cuento casi perfecto, lo convertiría en un cuento perfecto por completo: el mejor que haya escrito nunca.

Al amanecer se da por vencido: no hay ningún título suficientemente perfecto para ese cuento tan perfecto que ningún título es lo bastante bueno para él, lo cual impide que sea perfecto del todo. Resignado (y sabiendo que no puede hacer otra cosa), coge las hojas donde ha escrito el cuento, las rompe por la mitad y rompe cada una de esas mitades por la mitad; y así sucesivamente hasta hacerlo pedazos.

Quim Monzó

Ochenta y seis cuentos, Barcelona, Anagrama, 2009

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Breve y en lunes

Dedicamos este Breve y en lunes al Día del Gato, con un texto, probablemente, muy conocido: El gato con botas. En la versión de Charles Perrault, traducida en el blog “Audiolibros-Albalearning“.

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“El Día Internacional del Gato se celebra cada 20 de febrero en homenaje al fallecimiento de uno de los gatos más emblemáticos de la historia, se trata del Gato “Socks”, gato de la Casa Blanca desde el año 1993 hasta el año 2009 cuando murió.” (http://www.dia-de.com/gato/)

El gato con botas

Murió un molinero que tenía tres hijos, y no dejó más bienes que su molino, su borriquillo y un gato.

Se hicieron las particiones con gran facilidad y ni el escribano ni el procurador, que se hubieran comido tan pobre patrimonio, tuvieron que entender en ellas.

El mayor de los tres hermanos se quedó con el molino.

El mediano fue dueño del borriquillo.

Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

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Breve y en lunes

… en un martes 14 de febrero, le pedimos prestado este cuento a Miguel Ángel Hurtado *

Fin de baile

Acaban de bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa “te quiero”, y hay poco más que decir.

Nunca unos ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni mis ojos mirar más fijos a algo.

Estas notas que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules se clavan como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo.

Mientras, suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos a su espalda, acercando su pecho al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del dulce más lindo del mundo.

Cuando abro los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue sueño permanece siendo realidad.

(Este cuento se puede encontrar en varios blogs literarios, entre ellos: Narrativa breve. Blog de literatura. http://narrativabreve.com/2013/08/cuento-miguel-angel-hurtado-fin-baile.html)

* Este cuento se encuentra en varios espacios web, pero BEA no ha conseguido obtener una referencia fiable.

Breve y en lunes…

BREMBER

Inquietante relato de Dylan Thomas (Swansea – Reino Unido-, 1914- Nueva York, 1935)

Las sombras descendieron suavemente por las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Vio el perfil oscurecido de la balaustrada reflejarse en el espejo, el arco del candelabro que proyecta­ba la luz. Pero eso era todo. Las sombras se alargaban más hacia la puerta. Luego se perdían en la oscuridad del suelo y del techo. Rebuscó en los bolsillos por ver si encontraba un fósforo y por fin encendió la candela que llevaba en la mano. Sujetando la llama diminuta en alto, por encima de la cabeza, giró el picaporte y entró en la habitación. Sigue leyendo Breve y en lunes…

Breve y en lunes

Gianni Rodari unió en sus cuentos la teoría de la Gramática de la fantasía y la de construir un mundo mejor.

El PAIS SIN PUNTA

Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó una vez a un pueblo en que las esquinas de las casas eran redondas y los techos no terminaban en punta, sino en una suave curva. A lo largo de la calle corría un seto de rosas, y a Juanito se le ocurrió ponerse una en el ojal. Mientras cortaba la rosa estaba muy atento para no pincharse con las espinas, pero enseguida se dio cuenta de que las espinas no pinchaban; no tenían punta y parecían de goma, y hacían cosquillas en la mano.

-Vaya, vaya -dijo Juanito en voz alta.

De detrás del seto apareció sonriente un guardia mu-nicipal.

-¿No sabe que está prohibido cortar rosas?
– Lo siento, no había pensado en ello.
– Entonces pagará sólo media multa – dijo el guardia, que con aquella sonrisa bien habría podido ser el hombrecillo de mantequilla que condujo a Pinocho al País de los Tontos.

Juanito observó que el guardia escribía la multa con un lápiz sin punta, y le dijo sin querer:
– Disculpe, ¿me deja ver su espada?
-¡Cómo no! -dijo el guardia.
Y, naturalmente, tampoco la espada tenía punta.
-¿Pero qué clase de país es éste? – preguntó Juanito.
– Es el País sin punta – respondió el guardia, con tanta amabilidad que sus palabras deberían escribirse todas en letra mayúscula.
– ¿Y cómo hacen los clavos?
– Los suprimimos hace tiempo; sólo utilizamos goma de pegar. Y ahora, por favor, déme dos bofetadas. Juanito abrió la boca asombrado, como si hubiera tenido que tragarse un pastel entero.
– Por favor, no quiero terminar en la cárcel por ultraje a la autoridad. Si acaso, las dos bofetadas tendría que recibirlas yo, no darlas.
– Pero aquí se hace de esta manera – le explicó amablemente el guardia-. Por una multa entera, cuatro bofetadas, por media multa, sólo dos.
-¿Al guardia?
– Al guardia. – Pero esto no es justo; es terrible.
– Claro que no es justo, claro que es terrible – dijo el guardia -. Es algo tan odioso que la gente, para no verse obligada a abofetear a unos pobrecillos inocentes, se mira muy mucho antes de hacer algo contra la ley. Vamos, déme las dos bofetadas, y otra vez vaya con más cuidado.
– Pero yo no le quiero dar ni siquiera un soplido en la mejilla; en lugar de las bofetadas le haré una caricia.

– Siendo así – concluyó el guardia-, tendré que acompañarle hasta la frontera.

Y Juanito, humilladísimo fue obligado a abandonar el País sin punta. Pero todavía hoy sueña con poder regresar allí algún día, para vivir del modo más cortés, en una bonita casa con un techo sin punta.

El país sin punta es un relato de Cuentos por teléfono, editado por Juventud.