Archivos de la categoría Breve y en lunes

Breve y en miércoles

En el Encuentro de Leer juntos de Biescas se propuso este cuento de Saki –Héctor Hugh Munro– que, aunque no es muy breve, es interesante, por la influencia que este autor ha tenido en autores como Roald Dahl y por su humor y mordacidad.

James Cushat-Prinkly era un joven que siempre había abrigado la firme
convicción de que un día de estos iba a casarse; y hasta los treinta y cuatro años de
edad no había hecho nada para justificarla. Quería y admiraba a un gran número de
mujeres, en conjunto y desapasionadamente, sin dedicar a una en particular ninguna
consideración matrimonial, lo mismo que uno puede admirar los Alpes sin por ello
querer ser dueño de un pico en concreto. Su falta de iniciativa a este respecto
despertaba cierto grado de impaciencia entre las mujeres románticas del círculo
hogareño. Su madre, sus hermanas, una tía que vivía con ellos y dos o tres comadres
íntimas contemplaban su moroso acercamiento al estado conyugal con una
desaprobación que harto distaba de ser muda. Sus coqueteos más inocentes eran
vigilados con la intensa avidez con que un grupo de foxterriers escrutaría los más
leves movimientos de un ser humano que diera razonables indicios de poder sacarlos
a pasear. (Continuará)

En este pdf se puede encontrar todo el relato de Saki: Té

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Breve y en lunes

El pasado 24 de octubre (2016) Nasrudín fue el protagonista de esta sección con “El pato de Nasrudín“. Proponemos ahora la lectura de este breve relato de la tradición Sufí que Mariano Lasheras sacó de su Maleta de cuentos el pasado sábado 6 de mayo en el Encuentro de Leer juntos que se celebró en Teruel.

Présteme su burro

Un vecino de Nasrudín fue a visitarlo.

– Mulá, necesito que me preste su burro.
– Lo lamento – dijo el Mulá – pero ya lo he prestado.

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Breve y en lunes

Un cuento dentro del cuento. Quim Monzó hace con este relato un ejercicio de metaliteratura, con economía de lenguaje pero con gran efecto dramático.

EL CUENTO

A media tarde el hombre se sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial le sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.

Llena una página, saca la hoja del carro de la máquina y la deja a un lado, con la cara en blanco hacia arriba. A esta primera hoja agrega otra, y luego otra. De vez en cuando relee lo que ha escrito, tacha palabras, cambia el orden de otras dentro de las frases, elimina párrafos, tira hojas enteras a la papelera. De golpe retira la máquina, coge la pila de hojas escritas, la vuelve del derecho y con un bolígrafo tacha, cambia, añade, suprime. Coloca la pila de hojas corregidas a la derecha, vuelve a acercarse la máquina y reescribe la historia de principio a fin. Una vez ha acabado, vuelve a corregirla a mano y a reescribirla a máquina. Ya entrada la noche la relee por enésima vez. Es un cuento. Le gusta mucho. Tanto, que llora de alegría. Es feliz. Tal vez sea el mejor cuento que ha escrito nunca. Le parece casi perfecto. Casi, porque le falta el título. Cuando encuentre el título adecuado será un cuento inmejorable. Medita qué título ponerle. Se le ocurre uno. Lo escribe en una hoja, a ver qué le parece. No acaba de funcionar. Bien mirado, no funciona en absoluto. Lo tacha. Piensa otro. Cuando lo relee también lo tacha.

Todos los títulos que se le ocurren le destrozan el cuento: o son obvios o hacen caer la historia en un surrealismo que rompe la sencillez. O bien son insensateces que lo echan a perder. Por un momento piensa en ponerle Sin Título, pero eso lo estropea todavía más. Piensa también en la posibilidad de realmente no ponerle título, y dejar en blanco el espacio que se le reserva. Pero esta solución es la peor de todas: tal vez haya algún cuento que no necesite título, pero no es éste; éste necesita uno muy preciso: el título que, de cuento casi perfecto, lo convertiría en un cuento perfecto por completo: el mejor que haya escrito nunca.

Al amanecer se da por vencido: no hay ningún título suficientemente perfecto para ese cuento tan perfecto que ningún título es lo bastante bueno para él, lo cual impide que sea perfecto del todo. Resignado (y sabiendo que no puede hacer otra cosa), coge las hojas donde ha escrito el cuento, las rompe por la mitad y rompe cada una de esas mitades por la mitad; y así sucesivamente hasta hacerlo pedazos.

Quim Monzó

Ochenta y seis cuentos, Barcelona, Anagrama, 2009

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Breve y en lunes

Dedicamos este Breve y en lunes al Día del Gato, con un texto, probablemente, muy conocido: El gato con botas. En la versión de Charles Perrault, traducida en el blog “Audiolibros-Albalearning“.

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“El Día Internacional del Gato se celebra cada 20 de febrero en homenaje al fallecimiento de uno de los gatos más emblemáticos de la historia, se trata del Gato “Socks”, gato de la Casa Blanca desde el año 1993 hasta el año 2009 cuando murió.” (http://www.dia-de.com/gato/)

El gato con botas

Murió un molinero que tenía tres hijos, y no dejó más bienes que su molino, su borriquillo y un gato.

Se hicieron las particiones con gran facilidad y ni el escribano ni el procurador, que se hubieran comido tan pobre patrimonio, tuvieron que entender en ellas.

El mayor de los tres hermanos se quedó con el molino.

El mediano fue dueño del borriquillo.

Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

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Breve y en lunes

… en un martes 14 de febrero, le pedimos prestado este cuento a Miguel Ángel Hurtado *

Fin de baile

Acaban de bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa “te quiero”, y hay poco más que decir.

Nunca unos ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni mis ojos mirar más fijos a algo.

Estas notas que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules se clavan como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo.

Mientras, suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos a su espalda, acercando su pecho al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del dulce más lindo del mundo.

Cuando abro los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue sueño permanece siendo realidad.

(Este cuento se puede encontrar en varios blogs literarios, entre ellos: Narrativa breve. Blog de literatura. http://narrativabreve.com/2013/08/cuento-miguel-angel-hurtado-fin-baile.html)

* Este cuento se encuentra en varios espacios web, pero BEA no ha conseguido obtener una referencia fiable.